Y un día, de repente, y casi sin salir de la nada, 20.000 fans corean al unísono todas y cada una de las canciones del debut de Franz Ferdinand en un conocido festival madrileño. Hasta entonces, eran una banda con un debut afortunado y un segundo disco notable que había sorprendido a propios y extraños. En ese preciso instante me dí cuenta que lo de los Franz iba mucho más lejos que una moda pasajera. El fenómeno más grande del rock británico desde que Liam y Noel aparecieran en escena. Esa forma de tocar en directo, esa forma de mover a decenas de miles de personas y esa capacidad para volver a hacer conciertos de hora y media sin que hubiera ni un sólo bajón.
Horas más tarde, Kapranos paseaba por la zona VIP del festival sin apenas inmutarse. Como si lo que acababa de hacer con su banda encima del escenario no fuera lo más grande que se había visto por estos lares en muchos muchos meses. Algo estaba cambiando en el principio del siglo XXI gracias a ellos. Tenían una personalidad arrolladora y una conexión con el público envidiable, única. Han firmado dos discos impresionantes que pueden entrar entre los diez mejores de esta última década y, sin despeinarse, han sido los líderes de una nueva generación de bandas. De una nueva forma de concebir los directos, y el brit sound.
Hay un buen puñado de singles que demuestran su condición de titanes: The Fallen, Take me Out, Michael, Come on Home, This Boy, Walk away, Fade Together, Do you Want to o What You Meant. Ahora lo más cool es decir que los Ferdinand han pasado de moda. O bien que son unos vendidos. Pero no hay que menospreciar lo que han aportado a la música, aún teniendo menos de una década de experiencia sobre los escenarios.




