Cuando uno se pregunta por la importancia de Dire Straits, si es que alguien necesita preguntárselo, basta con recurrir a un elemento muy simple. Mis padres no son especialmente fanáticos de la música. Más allá de un par de vinilos folclóricos no hay nada más por esa época pululando por su piso. Sin embargo, una mañana de domingo en la comida familias vas revisando las estanterías y te encuentras ni más ni menos el de Making Movies de los Dire.
Y la cosa se extiende. ¿Quién no tiene al menos una recopilación descatalogada de esta banda en su casa? Los Straits son de dominio popular involuntario. Todo el mundo los ha escuchado, y, muchas veces, ni lo saben.
Surgieron en el momento en el que el rock and roll sesentero había pasado a un segundo plano ante la irreverencia punk, y reivindicaron la figura del rock and roll desde la eterna postura tranquila.
Salvo John Iisley, bajista, ningún músico se mantuvo en la banda suficiente tiempo para que hayan alcanzado el mismo grado de popularidad que otros colegas. Pero medio mundo ha tarareado Sultans Of Swing, Once upon a time in the West, Going Home y sí, - y lo siguen haciendo en los conciertazos de Mark en solitario- Romeo And Julliet.




