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Klaus&Kinski han conseguido con Tierra, trágalos, una segunda entrega que es tan temeraria como reveladora a fin de cuentas. Y es que el buen recibimiento de Tu hoguera está ardiendo se puede atribuir a muchos factores diferentes y también entenderse de maneras muy dispares. Hay quien piensa que su talento reside en la desbordante capacidad creativa que les llevó a publicar un álbum de canciones tan incoherentes entre sí como efectivas. Otros piensan que esa disparidad es fruto de una absoluta falta de personalidad. Y, probablemente, ninguno de los dos grupos de pensadores esté falto de razón.
Lo multidisciplinar es siempre peligroso, porque corres el peligro de ser mediocre en muchos campos a la vez. Pero ellos han hecho de su heterogeneidad estilística un sello personal, una vía propia de entender y concebir sus composiciones.
Sobre el escenario, tienen todos los puntos posibles para que los odies: no son simpáticos, no sonríen, interactúan más bien poco, Marina es estática y su voz no da mucho de sí... pero que una formación musical sea susceptible de ser despellejada públicamente (y sin pudor) es señal inequívoca de que algo han hecho bien para no dejar indiferente a un sector, llamémosle “x” del respetable, por pequeño o grande que este resulte.
¿Qué han hecho bien? Pues sencillo: Tierra, trágalos, un segundo disco largo (quince canciones), denso y complejo, pero sobre todo bonito. Y que a un álbum se le pueda poner ese calificativo es difícil. La primera virtud del mismo es que, pese a su longitud temporal, no aburre. Hay mucha variedad, mestizaje, investigación y voluntad de desmarcarse que ayudan que el camino sea liviano e interesante.
La colección de canciones recogida en este disco se abre conYa estaba así cuando llegué y Mamá, no quiero ir al colegio, esta última, una deliciosa oda a la inmadurez propia de muchos creadores, seguramente propia de los que nos ocupan. Pero las grandes sorpresas llegan más adelante: Forma, sentido y realidad es inmensa, con un inicio electrónico y grandilocuente que hace que nos creamos que el "Ah, ah, ah, staying alive" de su My Space es mucho más que una referencia anecdótica; Deja el odio para después de comer, que recuerda a La chica de Ipanema en su cadencia; o Los niños muertos y la decadencia política, un quiero y no puedo en eso de ponerse profundos (esta destaca, evidentemente, para mal).
Sin embargo, lo positivo gana la partida. Explotando una de sus señas de identidad, la aparente desgana vocal de Marina cobra todo el sentido en la sobresaliente Ley y moral. Oscura, inteligible por momentos, perfectamente equilibrada gracias a la distorsión de sus puentes y estribillos: un buen (y atípico) single. El Rey del mambo y la Reina de Saba es otra de las perlas: un pasodoble melancólico en su primera mitad, folclórico y colorista en la segunda... y también un firme candidato a sencillo.
Carne de Bakunin es desconcertante y Eres un sinvergüenza es ese impulso enérgico que el álbum necesita en sus momentos más bajos. Calificar o criticar un disco de Klaus and Kinski es complicado. Porque en ellos, lo de hablar de unidad, lo olvidamos; pero es que llamar mestizaje a una paleta tan desigual de colores sonoros se quedaría corto de todas todas.
Tierra, trágalos es un trabajo delicado, agraciado e inspirado. No para todos los momentos, pero perfecto para confirmar que Klaus&Kinski se seguirán sin comer el mundo (su propuesta es tan acertada como desconcertante para conectar con según qué públicos), aunque sean nuestros rara avis preferidos... de largo.




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