
The Black Box Revelation – Sala Moby Dick – 2 de junio de 2010
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Anoche fue una velada de decepciones relativas, de expectativas caídas y sabores de boca agridulce. Y ojo, que el concierto de The Black Box Revelation estuvo bien, está claro que son unos máquinas y que tienen cosas que decir, pero el contexto animó poco a que fuera una noche memorable, al menos para quien firma, porque la sonrisa incontestable de las poco más de sesenta personas que presenciaron el bolo de Moby Dick es, como mínimo, reseñable.
Estaban anunciados The Jet Set Chefs, aunque por allí no pasó nadie más que los gallegos Jugoplastika en versión reducida -primer chasco-. La afluencia no fue muy allá, no porque fuera entre semana -víspera de fiesta local- sino porque el concierto -18 €- era considerablemente caro para ser su primera visita real a Madrid -segundo chasco-.
La anterior ocasión que visitaron nuestro país abrieron el show de The Raveonettes en algunas ciudades españolas. Eso se notó, ni cien personas en la sala (un tercio de ellos, guiris) para ver el contundente espectáculo del dúo belga especialista en garage primitivo.
Dries Van Dijck y Jan Paternóster no tiran ni de un bajo, ni de unas teclas, ni de nada que no sean ellos dos solos con su mecanismo (algunas bases electrónicas tímidas sí que hay por ahí sueltas, pero de las que ensucian más que engrandecen). Y se agradece la valiente hazaña, aunque sus propias limitaciones también son contraproducentes.
Es imposible evitar que el espectáculo pueda ser monótono y repetitivo. No perder la atención en algún momento del show. Eso sí, el peso de sus virtudes gana al de sus contradicciones. Dries (batería) tiene que acabar con los brazos - y el cuello- destrozado después de cada concierto. Tiene la misma fuerza que cuatro baquetas y dos bombos y una expresión tan característica que conecta con los allí presentes al instante.
Jan, de espídica figura, desata a lo largo de hora y cuarto su furia modelada y perfilada a través de su guitarra, con numerosos pasajes técnicos muy de manual, y también muy efectivos, pero básicos, básicos.
Superada la prueba en eso de fabricar modélicos ejercicios de rock and roll didáctico y poner en jaque la estabilidad de cualquier vidrio del Moby Dick con su notable volumen, poco más pueden ofrecer en directo, más que una (buena) voluntad de abarcar elementos demasiado dispares, quizá demasiado inabarcables y tocarse algunos hits potentes de su notable Silver Threats.
Hablar de futuro en una banda con unos patrones tan acotados quizá sea aventurarse demasiado, pero cuando termina el concierto sólo te puedes quedar con una cosa: el aplauso unánime y entregado de sus convencidos (quizá por eso de pagar casi veinte euros) y sonrientes seguidores.
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